Bajo la luz, el cepo

E
n ruso se emplea el mismo vocablo para la palabra “adiós” y “perdón”, asegura el traductor de mi edición de Resurrección de Tolstoi, el autor que acabó en el vegetarianismo convencido de la futilidad de lo material, de la necesaria reconciliación del ser humano con la naturaleza.

La historia no es si no una suma de fracasos del Hombre, un inventario de derrotas que narrativa masculina mediante hemos laureado, acordado, creído, estudiado y enseñado, no sea que el sueño colectivo de la especie elegida y tocada por la razón nos acabe pareciendo un abuso de poder ininterrumpido con tendencia al autoexterminio.

La literatura no es si no un ajuste de cuentas con esa verdad incómoda, una cerilla sobre la gasolina que es la miseria humana.

“Perdón” y “adiós” la misma palabra en ruso, dos términos que no están presentes en ninguno de los cuatro viajes del poemario Bajo la luz, el cepo de Olalla Castro. Esta autora granadina, XXII Premio Internacional de Poesía “Antonio Machado en Baeza”, nos sumerge en cuatro realidades históricas comprendidas entre 1845 y 1869: “La expedición perdida de Franklin (1845-1848)”, “Por la ruta de Siskiyou (1848-1855)”, “Las histéricas de La Salpêtrière (1862-1867)” y “La leprosería de la isla de Molokai (1866-1869)”.

Tenía en mis manos este libro, una edición azul dulcísima y fría de Hiperión, mi dosis de poesía nueva, bullente: ¿por dónde empezar?, ¿primer tecleo en Google: “Expedición de Franklin”, “Hospital de mujeres de París”… no, mejor una primera lectura virgen de indagaciones, era encontrar cuatro diarios, cuatro imágenes nítidas del XIX. Jugar a las adivinanzas de la veracidad de cada trama, bien es cierto que la ficción constituye una realidad definitiva cuando lo que se cuenta está bien contando y este es el caso.

En “La expedición perdida de Franklin (1845-1848)”, una mujer, Virginia, es la verdadera John Franklin atravesada por el frío, peor: por el miedo de ocultar su verdadero yo a los 128 marineros de The Terror, los exploradores que murieron al quedar sus barcos atrapados en el hielo del Estrecho Victoria en el Ártico canadiense. Virginia huye de un matrimonio no deseado, rompe lo que será su futuro al igual que los dos barcos rompen el hielo sin entender la Tierra que están ultrajando:

 

 

En esta tierra

donde nadie pronuncia la palabra progreso

nuestro barcos son un par

de criaturas monstruosas

que navegan muy juntas (…)

Somos solo estos monstruos

que parten en dos un mundo que tirita

y lo dejan atrás, como si nada.

En el poema y en la vida, los exploradores ignoraron la presencia de los inuit, oriundos de la zona, conocedores de todos lo misterios. La supremacía del hombre blanco que se saldará con la muerte de todos los ingleses.

En “Por la ruta de Siskiyou (1848-1855), es la fiebre del Oro en su camino a California, una familia, una comunidad que ve cómo las ansias de encontrar el preciado metal los condena a la desolación y la muerte. La madre y el pan se convierten en la única certeza, el alimento que los sostiene. En este viaje es un niño, narrador y visionario de lo que pasará, y su hermana los herederos del miedo y la codicia, los hijos de los verdugos de los apaches a los que se les arrebatarán cada trocito del desierto:

 

Me pregunto

cuándo se darán cuenta los demás

de que estamos buscando una mentira.

Me pregunto

si no lo saben ya hace semanas

y vuelven cada día

hasta esta orilla ciega

a tiritar bajo el agua

con el único fin

de enjuagar tanto miedo.

“Las histéricas de La Salpêtrière (1862-1867)”: la feminización de la locura en el siglo XIX: “Todas hemos nacido con el mal en los ojos”. Un hospital para mujeres ingresadas y acusadas por sus maridos, padres o hermanos de “locas”, “trastornadas”, “histéricas”, este adjetivo con una relación directa al goce o disfrute del sexo:

 

Los hombres de blanco

dicen que nuestra locura se aloja

entre las piernas

Los médicos abusaban de las pacientes, las sometían a torturas físicas y mentales en aras del avance científico:

 

ellos de nuevo obligados a curarnos,

otra vez teniendo que salvarnos

de nosotras

En este punto llego a la página 51 y me detengo, hacía tiempo que a esta lectora diaria de poesía no le ocurría. Tengo que cerrar el libro y respirar:

 

aúllo lo mismo que un coyote,

entendiendo de golpe

que guardo dentro de mí una madriguera

El libro se cierra con “La leprosería de la isla de Molokai (1866-1869)”. La isla de Hawái donde eran enviadas las personas enfermas de lepra. Una madre separada de sus hijas cuyo destino es ir deshaciéndose:

 

Soy este dolor que se come mi pan

y pasea conmigo por la orilla

Parece que en Bajo la luz, el cepo, es la misma voz en una transmigración del alma, la que recorre los doloridos cuerpos de cada personaje, la que alumbra la verdad de cada historia, es el dolor humano. Es un libro deslumbrante, sombrío y luminoso. Un diario febril y lúcido. Cuatro reseñas históricas donde un hubo ni adiós ni perdón:

 

Un mundo donde se muere a solas

 

Autora: Encarna Ruíz es filóloga y docente, especializada en literatura feminista. Puedes seguirla en Twitter y Facebook. También puedes seguir a Olalla Castro en Instagram.