ABEL AZCONA: EL GLAMOUR DE LA LOCURA

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nciende uno la televisión una tarde cualquiera y en el zapeo entre las imágenes de la enésima reposición de una película ochentera, un grupo de presuntos periodistas despellejado a una víctima que parece disfrutar de la crítica, o las noticias sobre fraude fiscal de la última estrella de fútbol, aparece en prime time un joven vestido con capa y sombrero dispuesto a formarle un motín de Esquilache a un juez que le investiga por los delitos de profanación y contra los sentimientos religiosos a instancias del Arzobispado de Pamplona y la Asociación de Abogados Cristianos. “Esto es una persecución. Ahora mismo abro mi agenda y tengo el mismo número de exposiciones que de citas en los tribunales. Así no puedo trabajar”. El motivo: escribir “pederastia” con hostias consagradas en su obra “Amén”, una denuncia a los casos de abuso infantil en la Iglesia Católica. Ha rechazado presentarse ante el juez que le investiga como acto de rebeldía porque “la desobediencia está íntimamente ligada a la libertad”.

Se llama Abel Azcona (Pamplona, 1988) y no es de los artistas que por temor a las consecuencias de ser críticos evadan su realidad. Además de colocarse en situación de rebeldía, es una referencia en el arte de la performance a nivel internacional y acaba de publicar un libro de arte que es además su biografía. Las características del libro “Abel Azcona (1988-2018)” ya son una declaración de intenciones: 396 páginas con 7 tipos de papel en diferentes gramajes en una edición imposible que hace del propio volumen una pieza de colección. Como la vida de Azcona. Porque en la vida de este artista ambas cosas se confunden. Un relato artístico y vital al mismo tiempo al que es difícil no engancharse por la dignidad que rezuma, y sobre todo porque siempre narra con sinceridad y dureza, sin endulzar.

 

“La gente ya no lee novelas, quieren ensayos, cosas reales. No me interesa la ficción, sino lo auténtico, lo verdadero, le pese a quien le pese”, nos cuenta entre vermuts en un céntrico bar del madrileño barrio de Chueca. Habla rápido y salta de una idea a otra con la facilidad de quien ha aprendido a hablar de su vida, del maltrato sufrido y de abandono con una facilidad que le hace preguntarse a uno dónde está Abel, sin el Azcona detrás.

Abel Azcona tiene una presencia especial que no pasa desapercibida, aunque pretenda desconocerlo cuando alguien gira la cabeza a su paso. Es uno de los artistas de su generación con mayor impacto personal. La repercusión pública, el escándalo y su capacidad para convertir el arte en arma política consiguieron allá por el año 2012 no solamente dar visibilidad a su obra y llevar su trabajo a otro nivel, sino también elevar su cotización. Y desde entonces no ha parado. Ahora le llaman por teléfono coleccionistas “que están más locos que yo” para comprar a precio de primera división sus obras censuradas. Abel Azcona es directo y sincero; y también un excelente comerciante con una visión de negocio y gestión exitosa.

Su relato artístico gira en torno a su madre. Su madre biológica que está siempre presente en la obra de Azcona pero que nunca estuvo en la vida de Abel. En el expediente realizado por los Servicios Sociales en Pamplona se podía leer que era un niño claramente en situación de desamparo y sin alegría vital. Fue abandonado al nacer por una madre heroinómana que ejercía la prostitución, sufrió maltrato infantil, pasó por diferentes centros e instituciones, familias de acogida… Una historia de dolor y soledad que aflora cuando nos salimos del discurso rápido y automático que habitualmente le reclaman los medios de comunicación. Y es que el performance o arte de acción es una técnica que además de artística lo es de autoconocimiento y que parte siempre de la experiencia personal. Para Abel Azcona, como para otros artistas que utilizan este arte con frecuencia incomprendido, este proceso es además de artístico terapéutico y pedagógico, utilizando su propio cuerpo como campo de batalla, como bandera política o como llaga para introducir el dedo: “El arte es una de las mayores herramientas de visibilización. Por esa razón, los artistas debemos ser consecuentes y visibles”. 

 

Sus primeras acciones tienen lugar cuando era un adolescente y terminan a menudo en escándalo, multas, agresiones o detenciones. “Salía a la calle desnudo o me autolesionaba sin saber muy bien qué era lo que hacía; solo con el tiempo, después de un intento de suicidio, realicé una acción en la calle que alguien señaló como una performance. Y comencé a investigar el tema”. 

Entre su ya voluminoso currículo artístico cabe destacar su acción “The Shadow” donde el artista expone veintinueve historias de víctimas de abuso, incluida la suya, a quienes se da voz como adultos. Cientos de supervivientes de abuso infantil acaban participando y denunciando junto al propio Azcona.

Obras y exposiciones como “Visibles”, que visibilizó más de cien nuevos casos de abuso infantil en Colombia, “Memoria deconstruida” o “El vacío”, instalación minimalista compuesta por una silla y un niño, indagan en experiencias de infancias marcadas por el dolor con el objetivo de ser una catarsis colectiva. “El vacío vivido por el abandono o el no reconocimiento de las heridas abiertas, en muchas ocasiones es igualmente de doloroso que el abuso sexual en sí”.

“Encuentro biológico” es una obra de investigación en torno a la gestación y la alimentación en el que durante más de seis meses el artista dialoga con los cuerpos de diferentes madres que han dado a sus hijos en adopción y con algunas en situación de preadopción.

Su sentido del humor parece intacto, especialmente cuando habla de la muerte, una posibilidad que parece darle sentido a la vida. “Siempre he entendido la muerte como proceso artístico. Para alguien que no debió haber nacido, la muerte puede ser un regalo”. Precisamente en su obra “La muerte del artista”, remite más de veinte cartas de invitación a entidades que, por motivos religiosos o ideológicos, han amenazado, perseguido, denunciado o agredido al artista para acudir a un encuentro en el que les espera en posición de espera, enfrentado a un arma que los invitados u visitantes pueden utilizar contra él. Sigue vivo y reivindica “un empoderamiento colectivo ante la situación actual de persecución a artistas y creadores”.

Al hablar de sexo, que aparece en cualquier momento de la conversación, sea cual sea el tema, su rostro se transforma y tras dibujar una sonrisa retoma el hilo. Tres minutos es el tiempo que por un euro, un dólar o cien pesos, podía comprar cualquier visitante para utilizar su cuerpo desnudo tendido sobre una cama en el proyecto “Empatía y prostitución”. Vendido al mejor postor a las treinta y nueve personas que compartieron el cuerpo de Abel Azcona. “Hubo mucha tensión, había de todo, gente que se desnudaba directamente para tener más tiempo practicando sexo, y otros que me consolaban con un abrazo y me cantaban”. Buscando la conexión con su madre prostituta que le abandonó al nacer.

Su próximo proyecto y gira le llevará durante dos meses a México, Panamá, Guatemala, Honduras, Colombia, Perú, Ecuador y Chile, bajo el título “España os pide perdón”.

Decir que Abel Azcona es un artista provocador, atípico y alejado de lo políticamente correcto, no solamente se queda corto, sino que es falso. Sea como fuere, lo cierto es que con el paso de los años el proceso creativo le viene dando muchas más satisfacciones frente a ese mundo de consumo de drogas, robos y situaciones de precariedad en el que se forjó una personalidad apática y sin vínculos afectivos. El presagio de una degradación lenta y muerte prematura que habitualmente sigue a jóvenes que crecen en ese entorno afortunadamente no se cumplió. Incluso hoy sirve desde el arte como inspiración a otros para denunciar y trabajar en sus propios procesos personales. 
 

Alguien que conocía mi gusto por Abel Azcona me preguntó tras la entrevista qué opinión tenía después de charlar con él. Me tomé un minuto de silencio antes de contestar con un verso de la canción de Fangoria: “…El glamour de la locura tiene un precio y se paga con soledad y desprecio…”.

Puedes seguir el trabajo de Abel Azcona en su perfil de Instagram y en la web de su estudio.

Texto: Jota Vaquerizo. Fotografías: (1) y (3) Obra creada para “Abel Azcona (1988-2018)”, imagen del libro y pieza única creada en Madrid; fotografía de Carlos Villarejo © Abel Azcona; (2) El artista Abel Azcona retratado con compañeros en su instalación. Konvent Contemporary Art Center; fotografía por Jordi Planas realizada durante la performance; (4) Obra Encuentro biológico / Biological meeting de Abel Azcona, imágenes inicialmente realizadas junto al fotógrafo Agustín Bobo García en el Centro de Arte Contemporáneo de Huarte, © Abel Azcona / Agustín Bobo García; (5) Portada de “Abel Azcona (1988-2018)” (Editorial Mueve tu Lengua).