Belleza y decadencia

E
l canon de belleza. Ese concepto -asociado a lo femenino y que sin embargo lo embriaga todo- que a lo largo de la historia va cambiando según los gustos de cada época. ¿Quién determina qué es bello en cada momento? ¿Desde qué fuente llega el agua del que hidratarse en belleza?

Da igual. No es relevante. Aislarse de lo determinado y determinante para buscar la belleza en esencia.

En lo decadente se encierra la belleza ya pasada de moda, la elegancia de ese entorno que tiene dos minutos para cambiar de adjetivo. En la decadencia del paso del tiempo, se ha quedado a vivir el recuerdo de los que fueron hace dos siglos. La belleza, definida por Charles Baudelaire es “algo ardiente y triste, algo un poco vago, que deja margen para las conjeturas”. De hecho, el poeta escribe:

Tú marchas sobre muertos, belleza, de los que te burlas; de tus joyas el horror no es lo menos encantador, y la muerte, entre tus más caros dijes, sobre tu vientre orgulloso danza amorosamente. Charles Baudelaire, «Himno a la Belleza» de «Las Flores del Mal«

El romanticismo, en el que algunos van a ahogar al maestro, -otros le cuelgan la etiqueta de simbolismo- va a hacer virar el sentido de la belleza hacia otras direcciones que se alejan de los parámetros clásicos. Para los románticos la belleza no es una cuestión visual ni estética, es una experiencia para los sentidos. Desde esta perspectiva, todo puede ser subjetivamente bello.

Será precisamente el siglo XIX el que dé un impulso definitivo al Arte Funerario como foco de belleza y sensibilidad. A lo largo de la historia se han dado diferentes relaciones entre los vivos y los muertos, desde la máxima importancia que representa en el antiguo Egipto hasta la actualidad, donde se da directamente la espalda a la muerte, siendo ésta la única certeza de la vida.

Tal y como explica José María Gutiérrez Landaburu en su artículo “El arte funerario entre la tradición y la vanguardia: el cementerio de Nuestra Señora del Carmen de Getxo”: “Posiblemente el del arte funerario es uno de los capítulos más agradecidos a la hora de efectuar un recorrido por la arquitectura y la escultura de finales del siglo XIX y primer tercio del XX. Son pocos, por no decir ninguno, los contextos en los que se nos ofrece la posibilidad de contemplar, en un simple paseo, realizaciones de épocas y géneros diferentes como las que podemos visitar en algunos de nuestros camposantos”.

Acercarse al siglo XIX y entender cómo nuestros antepasados miraban a la muerte, en la certeza de saber que la partida está perdida y bajo el halo de la tranquilidad de que el sufrimiento siempre tiene un final. Entender qué fueron y qué somos. Afortunados por haberles tenido, aunque ya no estén.

Enarbolar la batalla contra el olvido y sentir que se vence a ésa, la verdadera muerte. Ser guardián del recuerdo. Llegar a esa edad en la que los años te dan el rango de vigilante del pasado para que su recuerdo no se emborrone. Aunque ya no recuerdes su voz. Es normal. Vincularte a las vidas de otros que fueron y tejer lazos emocionales de verdad. También es belleza. También es abrir la puerta al sentimiento y dejar de lado tu propio yo para darles protagonismo. Curarte en la memoria de otros.

Es reivindicar. Es poner sentimiento entre las piedras, ordenar las letras ya caídas por el paso de los años. Es ordenar realidades y bucear en tus propios recuerdos, sonriendo al pasado.

No se puede acotar la belleza, no es sino la necesidad de clasificar que tiene el ser inhumano. Desde el comienzo de los tiempos metrificamos todo, la partición y división del tiempo en las unidades que nos recuerdan nuestro inexorable final, la compartimentación de la historia en cajones estancos en los que no mezclar calcetines con medias. La división entre lo bello y lo feo según el criterio de cada siglo, o de cada segundo.

En lo bizarro puede haber belleza, incluso en la armonía de la fealdad puede hallarse la belleza, en el sentir desamor puede haber belleza por el reconocimiento de que estamos vivos. Dejen volar la belleza. En cualquier lugar, en cualquier momento. Cuando el cerebro pellizque y algo nos haga sentir la respiración. Incluso en lo inerte. Dejen volar la belleza.

Autora: Ainara Ariztoy es periodista y escritora. Puedes seguirla en Twitter, Facebook e Instagram.