Antes que el tiempo fuera, Juana Castro

J
uana Castro frente a la cámara de un programa de la televisión andaluza. Juana Castro asiente y mira dulce, supo que lo que ella y su madre pensaban del espacio que debían ocupar en el mundo tenía un nombre, existía, lo vio en una revista feminista cuando a sus veinte años paseaba por Córdoba. Es humilde y fuerte como una roca. Ganó el XXV Premio de Poesía Ciudad de Córdoba “Ricardo Molina”, pero a ella parece importarle poco; aunque se muestra agradecida y su acento la acerca, está lejos, es una madre paleolítica que ha vuelto a desvelarnos el camino que sigue la sangre de una mujer al caer.

Setenta y siete páginas en las que invirtió muchos años colocando cada palabra y cada verso en la constelación correcta para crear ese universo conocido y ancestral del premiado Antes que el tiempo fuera (2017). Un poemario que es diario, testamento, poética, manual del mundo rural y biblia. En el inicio del libro aparece esta escueta y sublime nota de la autora: “En ese ir hacia atrás en el tiempo, antes que la humanidad, Antes que el tiempo fuera, encontré un fósil llamado Amaltheus (…) Por su resistencia y larga vida, por su pequeñez frente a sus coetáneos los dinosaurios, simboliza aquí la fragilidad tanto como la vejez”. El Amaltheus en los poemas de Juana Castro es una mujer: la abuela y la madre, como creadoras del mundo y conocedoras de la naturaleza:

“Y mamá Amaltheus,

la fósil,

la más vieja,

renqueando en la noche primera de los mundos” (p.14)

Todo este mundo que crea la figura femenina es una génesis salvaje, llena de vida y de peligros para las hijas de las hijas de Amaltheus. Nacidas en un tiempo sempiterno, condenadas a crecer como mujeres en un espacio hostil. La poesía de Juana es el encuentro con otras lecturas: la imposibilidad de la maternidad como concepto feminista es un guiño, no sé si buscado, al ensayo grandioso y valiente de Victoria Sau, El vacío de la maternidad: madre no hay más que ninguna (1995).

“El mar y su placenta

resonada en zarzillos,

el eco que perdura

las mil revoluciones del vinilo

quimérico y celeste y genealógico” (p.17)

Parte I. ¿Quieres oír el mar? La lectora asiste a un despertar del mundo y de la niña que será una mujer en un crepitar de huesos que tienen su eco en la sierra donde nació la autora, el lugar al que, asegura, cuanto mayor se hace más aprecio tiene. Una niña en un mundo rural, un cortijo en el valle de los Pedroches con su olor a pan y a retama:

“Hay en algún lugar de la memoria

una niña

de trenzas y sombrero

que abre los ojos grandes

a un mayo de posguerra” (p.15)

Crece en un lugar donde el cielo del verano tiene todas las estrellas, un aire puro alejado del mundo urbano. Mujeres silenciadas, condenadas al fuego y la cocina. En algún momento de la entrevista Juana Castro recuerda cómo su abuela y más tarde su madre tuvieron que saltar vallas, dejar aquello que estuvieran haciendo para seguir al abuelo, al padre, al Hombre:

“No sabe cuántos miles

de pies le lleva de ventaja,

él la lona y el pértigo y las mulas

y yo saltando cercas,

cara al frío desbocado

mi pulso corazón en el pañuelo” (p.55)

A causa de esos “miles de pies de ventaja”, milenios de privilegios masculinos, a la autora pronto se le despertó “la sed”:

“Mi madre ni siquiera

pudo decir esa palabra, tengo sed.

Cómo ponerle nombre a un deseo

que salía y saltaba de alguna frente oculta,

si no había ojos, ni oídos, ni garganta

con que ensillar caballos

que escucharan al mundo.

Mundo, demonio y carne, tengo sed.” (p.25)

Hay en la poesía de Juana una profunda verdad que recoge sabiamente poderosas imágenes lorquianas. Cierra la autora triste y rabiosa cual Yerma:

“¿Desde cuándo

puede una mujer honesta

tener sed?” (p.26)

Parte II. Y siempre en el mismo tren. Todas las Amaltheus saben lo que es perder, en el caso de Juana Castro: un hijo y una nieta, ambos durante el mes de agosto. Un mes en el que ese sur es irrespirable:

“Y Amaltheus la madre cruza

despavorida el puente

de todas las consultas al materno,

con su hijo en los brazos,

casi fósil de hierba

en el fuego amarillo

del verano.

(…)

Y otra vez. Otra vez es agosto

sorbiendo la hiel fresca

de cada sonajero

atrapado en la sonda” (p.42)

En este segundo espacio del libro hay muerte y vida, Juana Castro parece tener siempre el remedio, la infusión caliente, no quiere abrumarte, aunque ella esté deshecha: la generosidad poética llevada al extremo.

Parte III. Dame la mano, madre. Para poder vivir en paz contigo misma debes perdonar a la Madre. Juana Castro sabe que sobre la primera postración femenina están apoyadas todas nuestras cabezas, pero: “Esta madre no sabe más amar”, en una hermosísima aliteración la escritora nos recuerda “mi mamá me ama”, los labios deben juntarse necesariamente para pronunciar la eme como si nos obligara al beso. Y en una súplica:

“No la culpéis.

Su manera de amar es la cuchara.

llenar cuencos la tarde la sartén.”

(…)

Llorad

Llorad con ella

la manca

la manca del puchero y el dolor” (p.65)

Encontramos en la poesía de Juana Castro, que alcanza su cénit en este poemario, la resolución del gran misterio, asistimos al surgimiento del mundo. Es una poesía mística, mitológica, terrenal. La Madre-poeta-Juana obrando el milagro:

“Cada noche, en la mesa

y de su mano presenciábamos

la multiplicación de los panes y los peces” (p.53)

Debería escribirse a Juana Castro en todas las paredes, en todos los márgenes de todos los libros.

“Náufraga es alguien

encallada de pronto en la prehistoria.

Sin casa, sin espejo, sin zapatos.

Alguien que frota desesperadamente dos astillas

para inventar el fuego,

que sobre hojas con rocío

mientras excava un pozo entre las uñas.

Quien no haya sido náufraga no sabe

la desnudez de cada hora

ni el silencio flotando a la deriva

ni el dormir vigilante como cuando

se amamanta a un hijo en la tormenta.” (p.29)

Autora: Encarna Ruíz es filóloga y docente, especializada en literatura feminista. Puedes seguirla en Twitter y Facebook.