Foto: Mariña Fernández Escariz

Burbujas de plomo

H
ace unos días se me cayo una parte del mundo encima, parte del mío y casi todo el de los demás. Me levanto, me introduzco en un baño caliente y me dispongo a desayunar. Todo ello normal, como el común de los mortales según dicen. Me pongo a repasar los periódicos y en el diario el País me detengo en un titular que me llama la atención » La batalla por la dignidad de las limpiadoras de letrinas indias «. Leo el artículo y me quedo petrificado, lo leo por segunda vez y aún me causa mayor escándalo. 300.000 personas, 300.000 seres humanos, son empleados en la India por otros » seres humanos » para limpiar sus letrinas, para retirar sus excrementos de forma manual todos los días y junto con los de otros » generosos seres humanos » llevarlos en una cesta en su cabeza hasta un vertedero. Todos los días estas mujeres se levantan al alba para recorrer kilómetros y realizar su trabajo por un » generoso » salario de 25 céntimos de euro por cliente, para realizar un trabajo que ni el peor de los parias realizaría, pero ellas si lo hacen pues pertenecen a la casta mas baja de la India y por tanto la más despreciable y única capaz de realizar ese denigrarte e indigno trabajo.

Ahora podría hablar del lujo que envuelve a la otra India, o a Occidente, o a cualquier otro país del mundo medianamente civilizado y hacer comparaciones, pero cualquiera podría tacharme de demagogo y nada más lejos de serlo y nada más miserable que hacer demagogia con la propia miseria. Pero cualquiera de nosotros podría hacer un fácil ejercicio de imaginación y situarnos en cualquier situación de las llamada idílicas en nuestra civilización, y aunque este lejos de nuestro alcance si podemos imaginarnos sentados tranquilamente en la cubierta de un barco tomando un aperitivo navegando por el Mediterráneo, comiendo cualquier exquisitez en cualquier terraza de algún paraíso, tomando el sol en una exótica playa del Caribe, o simplemente tomando un baño caliente y un desayuno normal, pero nunca nos podríamos colocar en la vida de estas mujeres y sus familias, en su día a día, como se alimentan, como se visten, como lavan su ropa, como curan sus heridas, como cuidan a sus hijos y les dan de comer, como calzan si es que se calzan, como se peinan, como se lavan, como y cuando ríen y bailan si es que lo hacen alguna vez, o simplemente como son.

«La batalla por la dignidad de las limpiadoras de letrinas indias». Leo el artículo y me quedo petrificado, lo leo por segunda vez y aún me causa mayor escándalo.

Una gran parte de la humanidad vive ajena a la miseria, pero aún aquellos a los que se nos presupone una mayor sensibilidad por nuestra proximidad con los más desfavorecidos, nos es difícil acercarnos, ni en lo más remoto de nuestra imaginación, a los parias de la tierra. Hay quien dice que Occidente vive en una enorme burbuja de cristal, pero no es cierto pues el cristal aísla pero permite la visión, realmente vivimos en una enorme burbuja de plomo, una pesada e inmóvil burbuja de plomo que nos mantiene aislados y además nos excluye de las visiones terroríficas de la marginalidad más absoluta, de la realidad de la miseria de ese otro mundo, donde aún se permite la denigración y explotación del ser humano, donde las oportunidades de salir adelante son inexistentes, donde naces paria y mueres paria, donde el valor de la vida es el saldo negativo de lo más mínimo y donde no puedes aspirar a otra cosa que ser paria pues hay otros seres humanos a los que sencillamente les interesa que las cosas sigan siendo así.

Autor: Conrado Truan es socio director del bufete de abogados Diaz-Bastien & Truan y presidente de Fundación Solventia.