Dios es sexo, es erotismo, es éxtasis

Y este Dios, es, sin embargo, una mujer pública, igual a todas las demás

Bataille, 1981

D
ios está en todas partes y en ninguna. Entonces, ¿nosotros somos dioses? ¿todos somos dioses? Y si, el acto más natural y en muchos sentidos vulgar de la humanidad, haya sido el único que nos ha colocado en el lugar de un Dios.

La humanidad sigue levantando sus manos buscando de forma desesperada un atisbo de realidad, mostrando auténtico deseo por creer en algo, por confiar en algo y aquellos que ya son conscientes del artificio, aun así, siguen alzando la mirada en una escalada cuyo objetivo no es otro que convertirse en un nuevo Dios.

Buscamos un nuevo Prometeo bajado del cielo para otorgarnos el fuego, la inmortalidad, la capacidad de crear, pero y si todo este movimiento exasperado por alcanzar a Dios fuera en vano.

Si cada paso que damos hacia la divinidad es una mera cuestión de fe, siempre podremos dudar, aunque nos creamos dioses no podemos permitir que la única forma de reconocerlo sea por mera confianza ciega, debemos considerar que la forma de comprender a Dios con plena certeza es mediante un conocimiento sensible, sentir, las sensaciones que provoca una relación real, así será nuestro cuerpo el que sepa de la existencia de Dios.

Si era violento en sus deseos…, ¡en qué se convertía, gran Dios!, cuando la borrachera de la voluptuosidad le embargaba: ya no era un hombre, sino un tigre enfurecido. ¡Desgraciado de aquel que servía entonces a sus pasiones!

Nietzsche, 2011

Esta relación sensible, este contacto, lo hemos visto maravillosamente representado como un éxtasis, al alcanzar semejante relación con Dios que cedemos todo lo que nos hace humanos, animales convulsos dejándose llevar ante Dios, ya no somos racionales, una completa locura insostenible para un cuerpo.

Este pensamiento es el que llevará al filósofo francés del siglo veinte George Bataille a vincular la religión con el erotismo, siendo ambos frutos de la misma relación, el mismo proceso interno que crea dioses. Siguiendo el planteamiento de nuestro autor cualquier individuo que nos pueda hacer llevar a sentir ese éxtasis será irremediablemente una deidad.

Dios se construye mediante el sexo, Dios es erotismo, es éxtasis.

Entonces, si Dios puede ser cualquiera, si en cualquier individuo puede residir la omnipotencia de Dios, incluso, siguiendo esta argumentación, podríamos decir que aquellas personas dedicadas al éxtasis son las que están más cerca de asumir el puesto de divinidad, esta deducción junto con una vida amorosa turbulenta, llevó a Bataille a afirmar que Dios es una prostituta, esta afirmación alteró el panorama intelectual que rodeaba a nuestro autor, le acusaron de asesinar a Dios, aunque como seguidor de Nietzsche esto no fue ningún insulto, podemos preguntarnos como ha llegado a cometer este asesinato.

Quizá Bataille estaba asumiendo un papel del que no era del todo consciente, pero al hacer Dios a toda la humanidad, convirtiéndonos en Prometeos alzando nuestros puños y reclamando el puesto del creador, ¿no hay mejor forma de matar a Dios que vulgarizándolo hasta tal punto que cualquiera pueda serlo?

Sobrepasando la semejanza, hemos llegado a la igualdad y la hemos alcanzado mediante una de las mayores prohibiciones encubiertas de la Iglesia, disfrutar de la propia sexualidad.

Bataille no fue el primero en pensar así, otro autor mucho más controvertido, el Marqués de Sade fue anterior, al convertir en Dios a uno de sus personajes, en base a su poder sexual, envolviéndolo en un aura de perversión. En su libro “Las 120 jornadas de Sodoma”, describe al temible conde Blangis en estos términos:

Si era violento en sus deseos…, ¡en qué se convertía, gran Dios!, cuando la borrachera de la voluptuosidad le embargaba: ya no era un hombre, sino un tigre enfurecido. ¡Desgraciado de aquel que servía entonces a sus pasiones!

Sade, 2010

Ambos autores huían de una sociedad represiva, y usaron todos los medios para realizar una crítica al sistema religioso, la literatura y la filosofía al servicio de una nueva concepción alejada de lo preestablecido, así el arte se pone al servicio de la revolución intelectual.

Esta puede ser la mejor forma de atacar la idea tradicional de divinidad y de mostrar como la filosofía tiene el poder de ir contra las nociones establecidas. Seamos dioses, aceptemos la condición que nos hemos concedido a nosotros mismos, ser dioses en relación con los otros, ser Dios juntos.

Júlia Guilló: socióloga y politóloga, especialista en filosofía política y enamorada de las artes. Devoro libros y procuro cuestionarme lo incuestionable.  Más sobre ella en su Instagram y Twitter