El verbo “leer” no soporta el imperativo

E
l libro objeto ocupando su lugar en el bolso. El libro. Hay una certeza en el mundo de la cultura: las mujeres leemos más, un 40% de lectoras en España que leen todos los días por puro ocio, sin vinculación con una necesidad laboral o académica. Señoras que leen en el metro, esperando en la consulta de su médica, señoras que rebuscan el tomo ya sentadas en el autobús o cuando los niños ya están dormidos.

Leer es una actividad no productiva si nos asomamos a las fauces del sistema capitalista:

Cada lectura es un acto de resistencia a todas las contingencias:

– Sociales

– Profesionales

– Psicológicas

– Afectivas

– Climáticas

– Familiares

– Domésticas

– Gregarias

– Patológicas

– Pecuniarias

– Ideológicas

– Culturales

– O umbilicales.

(Como una novela, Daniel Pennac, 1993)

Una persona que lee es alguien que “no está haciendo nada”, ajena a su alrededor recorre vidas o caminos, es espectadora del sentir de los otros ficticios, acaba de conocer la idea que estaba buscando para conectar su ética con el mundo y poder construir una nueva realidad habitable o echar abajo aquella en la que ha crecido.

Como una novela es un ensayo sobre el valor de la lectura y la necesidad de crear un espacio de libertad entre esta y las personas lectoras: no hay que leer, querer leer es una voluntad que puede o no tener lugar. En el mundo de la educación asistimos al desapego que los y las adolescentes siente por la lectura, del cual el profesorado y el mundo de los adultos, en general, es el principal responsable. ¿Cómo pedir a alguien que lea?, ¿en qué momento dejamos de leerles cuentos por el placer de aventurarse a un mundo mágico y pasamos a poner en la lista de lecturas “obligatorias” a La Celestina? Esto me recuerda al cartel de la Feria del Libro de este año de la ilustradora Sara Morante: una mujer con un libro en llamas en su mano, la lectura que cambia, regenera, destruye. La mujer que lleva un libro en su mano como una granada, la maestra de la República española, la profesora Solange de Jeanne Benameur en Las Retrasadas (2000), la novela que la poeta Juana Castro siempre hubiera querido escribir. El mundo femenino desde el fogón y la escuela: enseñar a leer es alumbrar. La profesora escribe en la pizarra de la escuela el nombre de la alumna que no quiere aprender para no dejar de pertenecer al mundo animal de su madre “la tonta del pueblo”, y en ese acto la pierde y la recupera. Luce es la niña que debe ser lo que esperan de ella, es hija de la Varienne:

“Palabras que las venas arrastran. Los sonidos trepan, tropiezan y caen detrás de los labios.

Tonta.

Las aguas negras salpican al vaciar el cubo.

Escasa la conciencia.

La mano se seca en el delantal de tela burda.

Tonta.

Las palabras no tienen razón de ser. Son.”

Y contra este mundo de lo íntimo, del prejuicio, del hogar un poco en sombra calentado por un fuego que la madre no deja que se apague: la voluntad de la profesora Solagne, la mujer de Sara Morante, la conexión entre la niña y las letras de Daniel Pennac:

“Qué pedagogos éramos cuando no estábamos preocupados por la pedagogía”.

En el momento en que leer es una obligación y Las Novelas Ejemplares de Cervantes se buscan resumidas en internet para el examen de lectura, en ese instante en el que hablamos de la estructura de La Regenta antes de que la adolescente vea a Ana Ozores caer con los brazos en cruz sobre la cama (“la van a crucificar”, me decía un profesor de la Complutense, abriendo mucho los ojos), en ese momento en el que Bernarda Alba es la tirana dentro de la lista de personajes de los dramas rurales de Lorca, habremos perdido un buen número de personas lectoras.

¿Y qué se hizo de los libros publicados después del año 2000? En esta fecha acaba el temario de literatura de bachillerato, mi alumnado nació a partir de esa fecha, se encuentran en el limbo de años “no literarios”, mentira.

Cambiar de idea de Aixa de la Cruz (2019) es tan actual que duele, una novela autobiográfica repleta de realidades que los seres menores de treinta años conocen, qué locura sería intercalar esta lectura con Nada de Carmen Laforet, novelas posteriores al 2000, “hábleme de una obra posterior a 1975” y poder contarle a la profesor Solagne cómo nos sumergimos en el feminismo, a qué altura de nosotras mismas rechazamos el disfraz de “mujer”, cuál fue el sagrado misterio de los performativo. Dudas, drogas, la heterosexualidad boca arriba, la Mala Rodríguez con la que arranca el libro de Aixa de la Cruz:

“Nada puede ser tan malo

como eso que hicimos y nunca recordamos,

como eso que nos hicieron y nunca perdonamos”

(“Lluvia”)

Los libros que leemos nos delimitan, nos erosionan y completan intelectual y emocionalmente. Las personas que trabajamos en educación tenemos la responsabilidad de cambiar la forma oficial de acercar la literatura a la juventud si entendemos que la lectura es un placer al que no deben renunciar, si queremos tenerlos en la trinchera correcta. Leer es como amar una forma de resistencia.

Autora: Encarna Ruíz es filóloga y docente, especializada en literatura feminista. Puedes seguirla en Twitter y Facebook.