“El arte moderno es más objetivamente clasificable de lo que se cree”

S
er la causa de algo siempre es mover cimientos para provocar una consecuencia, para ocupar un espacio que además en este caso, fue su casa. Manuela Medina es una mujer de mirada directa, le brillan unos ojos de color miel, un color normal en una cara normal que se torna intensa cuando habla de lo que hace, de lo que ama. “Tuvimos que cambiar la licencia del local porque tenía dos licencias, una de vivienda y otra para el taller de mi padre”. Me cuenta que en la calle Jesús del Valle 27 del madrileño barrio de Malasaña, donde estamos, vivió con su familia. Es del barrio de toda la vida. Su joven vida que además ha transcurrido ya por otras partes del planeta, que ha volado lejos para volver a los orígenes. “Esa ventana que está ahí era la ventana de mi habitación, estaba justo ahí”. Señala con el dedo un espacio de la galería, ahora diáfano, antaño lugar de sueños y cultivo de alas para viajar.

Estoy en la galería de arte “La Causa”, en este barrio que siempre atrapa. Siempre hay algo que descubrir en estas calles. He salido por Malasaña, me he emborrachado en Malasaña, probablemente hasta me haya enamorado en Malasaña -alguna eternidad que duró unos minutos-. Están frente a un Scape Room que nos indica que tendremos que salir de un museo. Curiosa conexión. Es una calle cuesta arriba donde los vecinos se reivindican a si mismos como parte de un Madrid que se va devorando a si mismo. En el rato que estoy dentro, pasan clientes, amigos y vecinos. “Si salgo a la puerta a tomar el aire, el 80% de las personas que pasan me saludan”. Claro. Del barrio, de toda la vida.

En esta galería todo es innovador y de toda la vida a la vez. “Los muebles del local me los hizo Iván, un carpintero de aquí al lado, los marcos de los cuadros también los hace un señor de Tetúan que es la tercera generación de enmarcadores de la familia”. Hablar con Manuela es viajar entre lo de siempre y lo que va a venir. En “La Causa” se vende arte de creadores jóvenes, talentos emergentes que todavía no han llegado al circuito elitista del arte moderno de primera línea. Bueno, ellos defienden el arte. “Pensamos poner que apoyábamos el arte emergente pero apoyar es una acción más pasiva, nosotros defendemos el arte joven, emergente, queremos ser un el circuito previo desde el cual nuestros artistas puedan dar el salto al gran circuito de las galerías modernas de arte”. Realmente son suyos. De ella y de Pablo Méndez, la otra media columna que sujeta este proyecto fresco, joven, divertido y “tocable”. Se les puede tocar nada más entrar. Esta galería es un golpe de colores al gris de lo tradicional y elevado, elevado con hilos de atrezzo añado yo, en algunos ámbitos del arte se infló demasiado el decorado.

Aquí no huele a distancia, no hay silencios incómodos, el ambiente es relajado y colorido. Es como entrar en la Ca(u)sa de Manuela y Pablo y dejarse llevar por los sentidos. Los artistas que aquí exponen crean obra expresamente para la galería. “El artista me tiene que gustar también a nivel personal, trabajamos a largo plazo” me dice Manuela. Lo entiendo cuando me explica cómo selecciona las obras de arte. Siempre he pensado que en este mundo de lo intangiblemente tangible -el arte es pura contradicción- a veces el rey va desnudo. Más de 25 artistas dejan aquí parte de su alma para que el resto del mundo pueda disfrutarla. Los ojos de Manuela son ojos educados para ver, para que salte la chispa adecuada. “Soy historiadora del arte, la técnica siempre es un punto a tener en cuenta. De hecho, para seleccionar las obras podría ponerte una ficha -me dice cuando le pregunto cómo elegir qué artista tiene potencial- y con los criterios le pondrías una nota”. Criterios como la pincelada, los colores, la composición, si el artista innova o esta copiando a alguien, “es evidente que el arte se influencia y bebe continuamente de otras obras, pero una cosa es ésa y otra copiar, directamente”. Después “hay un pellizco, un componente de corazonada. A veces algo te gusta y te llega, y no necesitas más, te ha atravesado”.

Por un momento me transporta a ese mundo suyo y todo parece sencillo. Me lleva en su pasión por palabras que hacen fácil lo difícil. No, no soy capaz de decir si tiene talento o no. No sé elegir esas obras que llevarán hasta Oz por el camino de baldosas amarillas; pero sí, puedo quedarme en la primera lectura. En esa relación estética del me llega o me gusta. La segunda lectura daría un paso más para entender el mensaje que se nos lanza por parte del autor y la tercera lectura ya sería establecer los lazos artísticos de la obra con otros artistas, otras influencias. Aquí la ilustración y el arte urbano se consideran arte de primera fila, dos disciplinas que hasta hace poco no estaban en las altas esferas del arte contemporáneo.

Es su proyecto de vida. Manuela y Pablo dijeron adiós a un París que ya les estaba dando estabilidad y luz. Pero decidieron apostar por este Madrid que mata y enamora. Por un proyecto alejado del mercado tradicional del arte donde “me daba miedo no encontrar nuestro target”, me dice Manuela. Lo encontraron, vaya que sí. En menos de dos años los números se han dejado de vestir de rojo. Y entran clientes. En una hora y media, compran, saludan, y ríen. Son personas alegres. La alegría revolotea en este lugar en el que además se aprende. Se aprende que lo tradicional puede lavarse la cara y estar para quedarse. Son la mano que ayuda a los emergentes a tener una casa donde resguardarse. Son la mano que nos venden obra en dos niveles: un primer nivel que es la tienda donde desde 8 euros puedes coleccionar arte. Un segundo nivel físicamente separado por una escalera donde ya la inversión puede subir hasta los 3.000 euros y que se convierte en un espacio para la exposición. Cómodo. Acogedor. Amable. Es un paso intermedio para saltar al gran circuito, fusionarse con él. Ampparito, Ana de Lima, Misterpiro o Aner son algunos de los artistas que se respiran en la galería. Y se te clavan en la pupila.

Quiero volver aquí, a charlar de puñetazos artísticos en el estómago, a que Manuela me hable de cómo escanea imágenes, sus ojos miran más y más rápido que los del resto, están educados para detectar esa belleza especial. Quiero ver si compartimos neuritas. “Las neuritas”, me dice. Esta neura es porque algún cuadro colocado en fila ordenada de una estantería se ha descolocado y no es capaz de no mirarlo en la necesidad de recolocar la fila, como si el mundo dejara de girar si no está todo perfecto. Yo también soy una neuritas. Neuras y neuritas sociedad limitada.

La Causa es La Casa. Es su casa. Y un poco la mía. El próximo día me llevo unos cafés y sigo escuchándola. En la juventud de Manuela se esconde la madurez de una mujer que tiene alas para volar. Pablo “está más en la parte web, en la preparación”, me dice mi anfitriona. Sale un momento y le saludo. Son alas compartidas. Van a volar hasta donde quieran. Porque saben que los límites, en ocasiones, los inventan los demás.

Volveré. Me gustó una obra pequeña, según entras de frente. Por si no sabes qué regalarme. 60 euros. Y sí, yo también volaré.

Puedes conocer más sobre las actividades de La Causa en su web y en Instagram.

Texto: Ainara Ariztoy. Fotos: Moyki Zamora.