Leopoldo María Panero y el Estigma de Caín

A
pellidarse Panero. Amasar las palabras. Crear con ellas. Tener el oficio de trabajar con el pan nuestro de cada letra. Lo tenía en su ADN. También la locura. Aunque dentro del término “locura” tal vez hablemos de un punto de vista diferente de mirar, de entender, de sentir, de vomitar el dolor. Leopoldo María Panero es sin ser. Sigue siendo aunque ya no sea. El apellido vuela y conforma ya un oasis artístico entre los desiertos del arte mimetizado. Pero él, él llegó con el estigma de Caín. Con esa mezcla de genialidad y enfermedad que construía una mirada vacía y plena a la vez, un gesto aislado y una diana para la mofa y la burla. Le hemos colgado el cartel de maldito, pero malditos somos quienes no tenemos la capacidad de crear y explorar universos viscerales. Él era un amasador de letras y un paracaidista de la vida: cárcel, drogas, militancia política. Y como telón de fondo una esquizofrenia diagnosticada a sus 17 años y una madre, Felicidad, que según Leopoldo hizo poco honor a su nombre.

Los Panero han dado para más de un documental. Un intento vano de explicar lo inexplicable. Relaciones tensas, odios arraigados en el ADN y la necesidad de etiquetar la arena que se escapa y llega a todos los rincones. Leopoldo María ingresó permanentemente en un psiquiátrico por primera vez en la década de los 80. Mientras España se sacudía 40 años de telarañas y veneno institucional, él entraba por primera vez en el túnel en el que pasó el resto de su vida. Diez años en el manicomio de Mondragón, Guipúzcoa. Allí también estuvo mi abuelo. Muchos años antes. Corría el año 1939 y Ariztoy salió de la prisión del Dueso en Santander. Volvió. Volvió en su propio túnel. Volvió con las piezas del puzle rotas y desperdigadas. No fue posible zurcir sus entrañas mentales e ingresó como Leopoldo en ese manicomio. A día de hoy no se llama manicomio. Hospital psiquiátrico, le dicen. No sé. Pero ellos se cruzaron en el espacio, aunque nunca en el tiempo y yo busco a ambos en la necesidad de conocerles o inventarles, que para el caso resulta similar. Se cruzaron en esos pasillos, en ese norte siempre vivo en el que sigo viviendo aunque esté a kilómetros de distancia. Ni uno ni otro supieron. Tampoco les hubiera interesado. Cada uno se perdió en su propio túnel y probablemente no les hubiera interesado el del otro. Tal vez las paredes escupieron la energía de mi antepasado y tal vez, solo tal vez, Leopoldo amasó su segundo nombre, María, junto al amor que mi abuelo profesó por mi abuela. También María. Incluso olieron las mismas sustancias. Ese olor que todo lo impregna en el psiquiátrico.

Una vez estuve en un psiquiátrico. Fui de visita. Para hacer un reportaje. Olía de manera peculiar. La locura tiene su propia esencia. Pero huele más fuerte fuera, donde la mentira es consciente y adjudicada. En aquel patio el olor era lo de menos. No he entrado al túnel, todavía.

Un túnel ramificado el de Leopoldo. Las historias siniestras de manicomios se vestían de azul y el estigma de la locura pasaba a ser una enfermedad mental. 50 años después, mi abuelo y Panero habrían tomado vasos de leche juntos. Benjamín Prado contaba en 2001 en El País cuando fue a visitarle en otro hospital, el Clínico de Madrid “Se sienta frente a ti, habla sin parar y toma vasos de leche sin parar, yo le vi beberse veintidós en una hora y media. Allí, sentado en la cafetería del hospital Clínico parece un ser improbable, un mito del pasado”. En otras visitas la leche se cambia por refresco de cola. Así lo recordaba Manuel Llorente en El Mundo cuando murió en 2014, hablando de cuando visitaba al poeta en Mondragón: “Pactamos ir a ver el mar, y allí, tras más de 15 coca-colas (contadas), Leopoldo escribió un poema tras otro en una cafetería. Y luego nos acercamos al Peine de los Vientos, las manos en los bolsillos, lanzando a las aguas un poema aquí y otro allá, desbocado como un corzo herido, acorralado”.

Herido y acorralado por quienes le rodeaban. Panero fue objeto de burlas y risas. Cuentan quienes le acompañaban que cuando salían con él, no era reconocido y en su condición de paseante por su mundo particular, era incomprendido. Leopoldo se iba a su mundo porque éste es dolor. O eso he creído entender. Es preferible huir. A veces el cerebro se defiende de los ataques. Incluso de los maternales. Eso dicen. Felicidad era la madre de Leopoldo pero la relación entre ambos siempre fue fundido a negro. Dañina. Eso dicen. Eso decía él. Las relaciones del poeta con sus hermanos y sus padres se pueden contar únicamente después de muertos. “Las buenas biografías solo pueden escribirse post mortem”, como dice Luis Antonio de Villena.

Son lazos envenenados los que les unen. Es una familia que va y viene. Expuesta en los documentales “Después de tantos años” de Ricardo Franco y “El Desencanto” de Jaime Chávarri hablan de mentes brillantes y obtusas, de hermanos que no se soportan, de amor y odio en la misma cara de la vida. Es igual. Da igual. Leopoldo fue un alma atrapada en una cabeza que corría más que el propio cuerpo. Amado y vilipendiado a partes igual, objeto de burla en las calles de un Madrid que ya agonizaba, porque Madrid siempre agoniza, aunque se reinventa cada minuto, previamente se ha devorado a si mismo. Como el propio Leopoldo.

Su poesía es maldita, dicen. Él estaba maldito, dicen. No lo creo. Leopoldo María Panero tuvo una sensibilidad exquisita, demasiado desarrollada que le llevó a sufrir. La enfermedad vino a salvarle de su propio dolor, a llevárselo a otros mundos donde le perseguían, donde había extraterrestres, donde lo obsesivo era beber refrescos de cola.

Hay un lugar en Donosti. Se llama el peine de los Vientos, de allí a Madrid, de aquí a Canarias. De aquí al abismo. Murió. Solo dos personas acudieron al tanatorio para despedirse del maldito. Ya daba igual. En su viaje había dejado la esencia de sus versos.

Leer a Panero no es mirar a la locura. Probablemente sea el acto de mayor cordura que he hecho en mi vida. La locura no es sino un punto diferente de ver la vida.

Himno a Satán

«Ten piedad de mi larga miseria»

Le fleurs du mal
                  Charles Baudelaire

Tú que eres tan sólo
una herida en la pared
y un rasguño en la frente
que induce suavemente a la muerte:
tú ayudas a los débiles
mejor que los cristianos
tú vienes de las estrellas
y odias esta tierra
donde moribundos descalzos
se dan la mano día tras día
buscando entre la mierda
     la razón de su vida;
yo que nací del excremento
     te amo
y amo posar sobre tus manos delicadas mis heces.
Tu símbolo es el ciervo
y el mío la luna: 
                            que caiga la lluvia sobre
     nuestras faces
uniéndonos en un abrazo
silencioso y cruel en que
como el suicidio, sueño
sin ángeles ni mujeres
desnudo de todo
salvo de tu nombre
          de tus besos en mi ano
y tus caricias en mi cabeza calva
rociaremos con vino, orina y sangre
     las iglesias
regalo de los magos
y debajo del crucifijo
aullaremos.

Poemas del manicomio de Mondragón

En el poema y en la vida, los exploradores ignoraron la presencia de los inuit, oriundos de la zona, conocedores de todos lo misterios. La supremacía del hombre blanco que se saldará con la muerte de todos los ingleses.

Autora: Ainara Ariztoy es periodista y escritora. Puedes seguirla en Twitter, Facebook e Instagram.