“Mamá, quiero ser cupletista”

M
ujeres con sentido del humor. Mujeres luchando contra la losa de lo establecido. Mujeres encima de un escenario, cantando, divirtiéndose, levantándose las faldas en un acto de rebeldía y soñando en voz alta con un incipiente feminismo que llegó a través del género ínfimo: el cuplé. Porque primero estaba la ópera, después el genero chico, la zarzuela y al final del camino, el género ínfimo. El cuplé que nació según las fuentes oficiales en el año 1893 aunque llevaba tiempo construyéndose a sí mismo, como canciones cortas o tonadillas que se interpretaban al final de una obra o entre pieza y pieza desde el siglo XVIII, o antes.

Augusta Bergés cantaba en el Teatro Barbieri – a la postre frontón de señoritas- el primer “couplet” (copla en francés) oficial, “La Pulga”. Bailan los años, baila la nacionalidad de la primera artista, baila todo. Dependiendo de la fuente es 1893 o 1894, la Bergés se encuentra como alemana, como belga, como francesa. La niebla cubre ya los primeros pasos del género ínfimo. La niebla y el helio con el que se infla la historia para darle tintes sexuales, sobre todo si tiene que ver con el éxito de una mujer. Fueron mujeres adelantadas a su tiempo, juzgadas como suele ser costumbre en relación a la mujer. Cuando una fémina alcanza cuotas altas de éxito, siempre ha de haber por medio un intercambio sexual, un favor relacionado con su cuerpo. Es la eterna losa de la culpabilidad que llevamos en el subconsciente las mujeres siempre que el sexo está de por medio. Y aunque no lo esté. Es curioso que el Barbieri (Teatro) fuera después un frontón de pelotaris, de aquellas mujeres a las que se les decía “feas”. Tiempos que vuelven. Feministas feas. (Seguro que les suena).

Es necesario reivindicar la memoria de quienes se dieron al cuplé en la necesidad de reivindicar la picardía y el humor con el lenguaje universal de la música, y por qué no, en la necesidad de salir de la pobreza -algunas-. Las mujeres jugando con el lenguaje, las mujeres sonriendo a la vida, las mujeres encima de un escenario para hacer sonreír, las mujeres ligadas a la vida alegre. Literal. Porque eran alegres. Porque consiguieron salir del destino que les esperaba y dejar de soñar con serpientes.

Consuelo Vello Cano era hija de una lavandera, de Benita Cano Rodríguez. Una de las alrededor de 5.000 mujeres que se dejaban la piel, literalmente, en la orilla del río Manzanares para lavar la ropa de los señoritos de Madrid. Hasta casi 1870 no llegaría el agua corriente a las primeras viviendas de la capital, las que construiría el Marqués de Salamanca en el barrio que hoy día lleva su nombre. El colectivo de las lavanderas era básico en el siglo XIX madrileño, mujeres que ganaban poco dinero y que tenían mucho que perder. Según Pío Baroja en su obra “La Busca”, el Manzanares era “un río feo, trágico, siniestro, maloliente; río negro que lleva detritos de alcantarillas, fetos y gatos muertos”. Ahí tenía su futuro una Consuelo que desde el minuto uno supo que no quería repetir los esquemas de vida de su madre.

Y a partir de aquí una voz dulce, un gracejo para moverse por el escenario y un ser corista para después alcanzar la fama por méritos propios. Por detrás, historias de cuerpos y sudor en los arcos de la Plaza Mayor, favores, y amoríos a raudales. Sería maravilloso que mi adorada Fornarina hubiera escrito sus memorias. Ella que era analfabeta, ella que se cultivó y cultivó el género del cuplé para darle la dignidad que siempre tuvo. En realidad, quienes no tenían dignidad eran aquellos que iban a buscar un escote y una insinuación en un escenario porque en la vida jugaban a ser perfectos caballeros de cartón piedra.

Y la fama le llega porque salió desnuda al escenario en marzo de 1902 en el Teatro Japonés. Desnuda, haciendo de escultura viviente encima de una bandeja sujetada por cuatro negros. Importante: desnuda y negros. Dos adjetivos que hicieron que Consuelo fuera la auténtica estrella de un espectáculo en el que no abría la boca. Hay quien recoge, incluso en un libro, que salía completamente desnuda. Aunque a mí me parece anecdótico, según parece esta historia es como una que circuló de mermelada, un cantante y un can hace unos años. O pudiera ser.  Si buscan en internet les pondrá que es el primer desnudo en un espectáculo público. Pudiera ser que hubiera salido con una malla de color marfil haciendo el juego de salir desnuda. De ahí al desnudo, y además con cuatro negros que la llevan en volandas. A mi me da un poco igual, la verdad.

Y ¿qué más da? ¿Eso es lo importante? Una sociedad enferma de educación sexual adolecía de la naturalidad suficiente para entender que había mujeres que iban un paso por delante de lo que estaban viviendo. Por cierto, ellas no lo saben -o sí- pero Consuelo se cruzó en 1903, año arriba año abajo, con otra de las grandes del escenario que en aquel entonces tenía 8 años. Lo de los años todo entre comillas, las fuentes bailan según se lea. Encarnación López “La Argentinita” y Consuelo Vello Cano “La Fornarina” se cruzaron en Donosti, en el Teatro Circo. Aunque ellas no lo supieron. Por su diferencia generacional. Mujeres pioneras, valientes, mujeres fuertes. Fornarina triunfó en Europa. Llegó a ser una auténtica Super Star. Brilló con luz propia y ganó dinero a raudales.

Después de Consuelo y antes de Consuelo hubo más cupletistas, claro, pero llegó una de Bilbao.  Aurora Purificación Mañanós Jauffret, “La Goya”. Una señora que tuvo una relación sentimental con “El Bombita”. Nada más que decir. Actualmente existe en las Bodegas Zuleta de Cádiz un vino tipo manzanilla que lleva su nombre. Más que un vino, yo me bebo la vida a su salud. Y a la de todas esas mujeres que nos representan en su camino hacia el éxito porque la dignidad la tenían de serie. Y mucho más grabada a fuego que aquellas mojigatas que parecían no haber roto un plato en su vida. Ya se sabe. Líbreme dios de las aguas mansas -o en su defecto el Ángel Caído, elijan ustedes- que yo me libraré de las aguas turbias.

Señorita bien de la capital de Vizcaya, Aurora estudió solfeo, sabía idiomas y podía haberse dedicado a otro género que no fuera el ínfimo. Pero fue lo que quiso ser. Cupletista. Su educación, su clase, su conocimiento de la música hicieron de ella un adalid del cuplé en su versión más respetada. Aurora y Consuelo, Consuelo y Aurora. Dos cupletistas que supieron dar espectáculo y convencer al público de la dignidad de la picardía. Supieron sacar los colores a quienes buscaban a escondidas lo que en público vilipendiaban. Ellas fueron quienes cambiaron el traje de negatividad y mala vida que iba asociado al cuplé en general y a las cupletistas en particular. La historia les debe el reconocimiento y el respeto por su valentía, por su dejar de lado el cinismo y la hipocresía de una sociedad entonces enferma. Ahora enferma. El día que el ámbito sexual sea tratado con la naturalidad que le corresponde y la educación sexual no se transmita a través del cine pornográfico, habremos terminado el camino que ellas comenzaron.

Raquel Meller, “La Chelito” -oigo a mi madre decir, es más conocida que “La Chelito”-, “La Bella Otero” o incluso Sara Montiel -antes de fagocitarse a si misma como personaje del corazón-. Mujeres cupletistas. Mujeres pioneras. Mujeres valientes. Lo fueron. Ahora que sean mujeres RESPETADAS. Sáquenlas del baúl del olvido. Está demasiado lleno.

Autora: Ainara Ariztoy es periodista y escritora. Puedes seguirla en Twitter, Facebook e Instagram.