Mi madre fue pelotari, de raqueta

L
a madre de Pablo tiene 88 años. “Sí, mi madre fue pelotari, de raqueta”. Se me abren los ojos y la cabeza empieza a pensar en ellas. En esas mujeres pioneras que en el Madrid de finales del siglo XIX lucían piernas para jugar a pelota. El comentario, por supuesto, es el que hacían muchos de los caballeros que las veían llegar al frontón con falda. Evidentemente no se iban a dejar las piernas en casa para practicar este deporte. De raqueta, de cesta o de pala, por lo general. Fueron pioneras, alejadas del juego de pelota vasca actual donde predomina la cesta y la mano. Tal vez hubiera sido demasiado doloroso para esas señoritas jugar directamente pelota a mano. O no. Porque fueron mujeres valientes que, además, se enfrentaron a un mundo de hombres, de apuestas de testosterona y puros.

Los vascos llegan el juego de pelota en el ADN. He visto a auténticos Aguirre-gomezkorta-urietabarrena-etxeandia jugarse el caserío en una apuesta en un frontón. Hacerlo de palabra. Entre el humo denso de los puros -desde que se prohibió fumar en recintos cerrados el drama invadió el Rh negativo- . He visto que perdía y lo que es peor, que cumplía la palabra que no se había llevado el viento. En Euskadi la pelota ha sido religión y parece que la palabra de un vasco también. Creo que depende de si tienes ocho apellidos vascos o se cuela alguno que no lo es por el medio.

Creencia, descendencia y saga. Nombres repetidos intentando heredar las hazañas de un padre encumbrado por sus pelotas, perdonen pero es así. (Titín III es hijo y hermano de pelotaris, por ejemplo). Y de repente llegaron ellas.

Llegaron en Madrid, donde se inauguró en 1917 el primer frontón para señoritas pelotaris (sostengo que también pelotudas). El primer frontón se abrió en la calle Cedacederos en enero de ese año. Y vio sobre todo desfilar a las llamadas raquetistas que, con mucho apellido vasco, hubieron de salir del reducto “euskérico” para poder demostrar su valía. Es curioso, cuando menos, que siendo el País Vasco (nótese que antes he dicho Euskadi, sí) la aldea gala de la resistencia del matriarcado, allí no tuvieron la oportunidad de cambiar el delantal por la pelota. En realidad sí. Pero únicamente para entrenarse. Fue Madrid la que vio profesionalizarse al “sport vasco” femenino e incluso vio como se volvía a abrir otro frontón, el frontón Madrid, éste sí el más conocido, en el emplazamiento actual de un hotel de la calle Cortezo.

El hotel todavía guarda las respiraciones agitadas de aquellas mujeres que intentaban hacer puntos con su juego. Sin agujas y sin lana. Puntos de apuestas, de ganadoras, de pioneras. Las llamaban feas “lo más suave que nos decían” contaban después de muchos años. Porque ser mujer en 1924 y jugar a pelota era difícil, había que tener disponibles más pelotas que las de cuero. En ese hotel hay vestigios del frontón, cristales vidriados que la obra no se comió, recuerdos del ayer que, únicamente sabiendo, se ven.

La profesionalización de las mujeres se hizo efectiva en este recinto, abrió la puerta a los pintalabios, a las faldas, a la pelota con pelo largo y nombre de mujer. Fue un hombre quien les construyó el puente, Ildefonso Anabitarte, empresario vasco que vio en ellas un potencial para obtener rentabilidad a través de su juego. Anabitarte se desvanece durante la Guerra Civil Española, “desapareció” dicen las crónicas, curioso término que ha lugar a la duda. El empresario fue el que cambió e impuso las nuevas reglas de juego: hizo desaparecer las pelotas de tenis para jugar con pelota de cuero, obligó a cambiar las características de las raquetas para que se adecuaran a las nuevas pelotas.

La primera parte del siglo XX fue un reducto femenino de pelotas, de mujeres que cobraban más que los hombres, llegaban tarde casa y viajaban; tenían libertad para moverse. Eran un oasis con un halo de feminismo en un siglo que empezaba difícil para el desarrollo de las féminas.  Fue Madrid una de las ciudades donde pudieron ejercer su libertad pero no únicamente, se abrieron frontones femeninos en otras ciudades españolas como Barcelona, Valencia, Salamanca pero también en La Habana, por ejemplo. Tras la Guerra Civil, el Franquismo quiso cortarles las alas. En un primer momento planteó la posibilidad de prohibir a las mujeres jugar a pelota en sus diferentes versiones, bajó el tono por la presión social pero no otorgó más licencias para frontón femenino que las que había y por supuesto bajó un poco el largo de las faldas y puso mangas a unas blusas que en inicio, enseñaban los brazos de las chicas.  Los franquistas decían que la pelota no era un deporte para mujeres y que además no ayudaba a que éstas tuvieran hijos, único objetivo de cualquier mujer. Por supuesto.

Fueron estrellas de los frontones, María Antonia Uzkuduz o Chiquita de Anoeta o Txikita de Anoeta fueron unas de esas mujeres que firmaban autógrafos, que ganaron buenos sueldos, que hicieron lo que quisieron. Como ella otras, Carmen Clarita o María Unzueta que jugaba a pelota cesta y fue conocida como La Eibarresa. Por cierto que en Eibar, a comienzos del siglo, había tanta afición que llegaron a abrirse hasta tres escuelas de pelota. Detrás de ellas, las de segunda fila, las que no ganaban suficiente como para sobrevivir siendo pelotaris y tenían que hacer de su espectáculo algo más que deporte, una especie de varieté que les permitiera rentabilizar el trabajo y la inversión de aquellos empresarios -pocos- que apostaron por el talento femenino. Por supuesto, algunos viejos verdes y otras especies masculinas que vertían en los frontones la frustración de no saber relacionarse con el sexo opuesto.

El último partido de pelota femenina en Madrid se jugó en julio de 1980. Actualmente hay únicamente unos cristales que recuerdan aquellos tiempos, a modo de espejo se puede saltar como Alicia y volar hasta aquellos años en los que las pelotaris fueron la élite, con “falda y a lo loco”. Mirando el reflejo de esos cristales me pareció ver la sombra por detrás de una melena bien peinada, con blusa blanca y falda por la rodilla que sujetaba una raqueta en la mano. Por un momento creí reconocer a la madre de Pablo. Cuando fui a preguntar ya no estaba. No sé, tal vez la que me había ido de aquel lugar mágico era yo.

Autora: Ainara Ariztoy es periodista y escritora. Puedes seguirla en Twitter, Facebook e Instagram.