Nomofobia: el miedo a perderse algo

L
a precoz e irrefrenable incorporación del teléfono móvil en la vida cotidiana es sin duda la más contundente muestra de la arremetida tecnológica de las últimas dos décadas. Si el siglo XX fue el del gran salto tecnológico, que produjo fenómenos tales como que el mismo ser humano que pudo ver iniciar su vuelo a los hermanos Wright también pudo ver a Armstrong posar su planta sobre la luna, el XXI, donde la tecnología nos rodea en todas y cada una de nuestras actividades cotidianas, el salto es tan acelerado que vivimos tan inmersos en él de forma que ni tan siquiera se tiene la percepción de que exista como tal, a menos que logremos encontrar uno de esos pocos momentos de paz y tranquilidad que nos hurta el rápido devenir de los acontecimientos para dedicarlo a la reflexión. 

Consideremos que en nuestra sociedad la proporción de usuarios de telefonía móvil es tres veces mayor que la de los usuarios de Internet y cinco veces mayor que la de televidentes: una sociedad donde casi la mitad de la gente utiliza mensajes de texto en sus relaciones sentimentales. Niños y adultos generan una dependencia cuasi total en su día a día hacia la tecnología, siendo impulsados por el viento del cambio de nuestra sociedad, hoy sostenida gracias a grandes bases de datos en todos los aspectos de la vida cotidiana, de la sanidad a la justicia, pasando por la educación. Viven, vivimos, insertos en una cultura de lo visual comunicándonos con imágenes, con hipertexto y etiquetas. Esto nos provoca nuevas formas de articular nuestro pensamiento a partir de nuevas lógicas cognitivas. 

Aunque no se trata de un fenómeno reciente, ya se habla de nomofobia (No Mobile Phone Phobia), una adicción comportamental que implica un alto temor a quedarse sin teléfono móvil. Se simplifica así por ser el dispositivo más usado en la actualidad pero no debería ceñirse solo a él, con lo que una definición más amplia y correcta sería una dependencia de la comunicación a través de entornos virtuales. Y es que llegado a este punto no solo podemos y debemos contemplar el lado dulce de la tecnología, que nos facilita la vida y nos permite importantes ahorros de tiempo y energía, sino que hay que prevenir el lado agrio, con los riesgos y amenazas, sean físicas e incluso psicológicas. 
 
Tomemos por ejemplo, esa desconexión mental que se da en una persona cuando está presente físicamente en un lugar, pero su atención se centra en alguien ausente, lo que provoca que esté más pendiente del teléfono que de los presentes. Este efecto que puede parecer al tiempo trivial, pero por otra parte realmente distorsionador.
 
En Europa, prácticamente 8 de cada 10 habitantes cuenta con un teléfono móvil inteligente (smartphone), y la edad de inicio es cada vez más temprana 10-14 años de edad, siendo habitual que los niños de 2 a 3 años utilcen el móvil de sus padres. Cada vez somos más dependientes de nuestro teléfono: lo comprobamos una media de 150 veces al día, utilizamos aplicaciones 60 veces al día y le dedicamos tres horas diarias. Quedarnos sin teléfono provoca desde ansiedad, taquicardia y alteraciones respiratorias hasta temblores, transpiración, pánico, miedo y depresión relacionados con la falta del dispositivo de comunicación virtual. 
 
Aunque la nomofobia todavía no está incluida como un diagnóstico específico, ya se habla de adicciones comportamentales dentro del capítulo de trastornos relacionados con sustancias y trastornos adictivos. Ya hay estudios mostrando que aquellos estudiantes  adictos a  los teléfonos móviles ven afectado su desempeño académico de una manera negativa. Todo gira alrededor de la idea de estar conectados a los eventos, a las experiencias y las conversaciones que se están desarrollando en el entorno social. En definitiva, el miedo a perderse algo. La adicción a internet y el miedo a perderse los acontecimientos que ocurren alrededor coexisten retroalimentándose, uno no puede darse sin el otro.
 

LA SOLEDAD COMPARTIDA
 
Es curioso, pero a la vez que la tecnología nos ayuda a afrontar los episodios estresantes de nuestra vida, como la soledad por ejemplo, nos genera una profunda ansiedad. Sherry Turkle, en su libro “Alone Together”, refleja esta idea afirmando que los adolescentes manifiestan querer tener sus móviles cerca porque de esta manera siempre pueden “tener a alguien”, su vida acaba estando ahí (fotos, vídeos, conversaciones con sus conocidos…) y no pueden (ni quieren) imaginársela alejada de sus teléfonos móviles. 
 
Podemos llegar a entender que detrás del uso excesivo de las redes sociales puede encontrarse un profundo sentimiento de soledad, además de la envidia que genera compararse con la vida que tienen los demás, afectando por ende a la salud psicológica de las personas y a la percepción de uno mismo. Muchos jóvenes y otros no tan jóvenes no terminan de comprender que las personas que siguen eligen mostrar en sus redes sociales una parte sesgada de la realidad, que solamente ven aquello que los demás quieren que se vea y que no se muestran las escenas de sufrimiento que todos vivimos en algún momento; es esta falta de comprensión de la dimensión y el alcance de las redes sociales la que provoca que se desarrollen los sentimientos de aislamiento, abandono y celos.
 
Teniendo en cuenta que el ser humano es un animal social y que, inevitablemente, tiende a compararse con la gente que le rodea, se han realizado investigaciones acerca de cómo afecta a la psicología de los individuos la utilización diaria de  Facebook. Se ha descubierto que cuanto más conectada e implicada está la persona con esta red social, más facilidad existe de que, a la hora de consumir productos, elija opciones parecidas a las que han elegido sus contactos. No se puede obviar el hecho de que, a la hora de subir contenido a  Facebook, se busca el reconocimiento y la aprobación de las personas con las que uno está conectado y, por tanto, se utiliza para constuir una imagen de uno mismo que reciba la mirada favorable de los otros. Algunas investigaciones van más allá y señalan que detrás de la utilización de  Facebook se da un doble juego que afecta a la construcción de la identidad: por un lado, no se quiere publicar información que pueda hacer entender a los demás que uno es vulnerable porque no entiende ni sigue la opinión de la mayoría, pero por otro lado nace el deseo de ser reconocido como alguien diferente; la importancia de estos descubrimientos está centrada en la necesidad que se tiene de contar con el beneplácito de los demás, porque mediante la imagen que los demás devuelven de quién es dicha persona, construye poco a poco su identidad.
 

VIDA REAL VERSUS VIDA VIRTUAL
 
Resulta llamativo el paradójico uso de Internet: por un lado, es un factor clave para favorecer la  conexión entre  los usuarios y para reforzar las  relaciones sociales, pero son precisamente estas relaciones las que en la vida real se ven más perjudicadas, ya que un uso excesivo de la red acaba aislando a los individuos en sus mundos virtuales. Además, puede darse el caso de que Internet empuje a las personas a compartimentar sus vidas en una especie de paralelismo vital que, aunque desde fuera parecería ser excluyente, en realidad la persona no lo vive como tal. En Internet existen los denominados mundos virtuales. Para habitarlos, las personas crean un alter ego y con él, toda una vida: establecen relaciones sociales con otros personajes mediante comunicación multimodal, es decir, tanto vía chat como por mensajes privados, invierten dinero para poder comprarse una casa, tienen una pareja, etc. Contrastándolo con otras redes sociales, la participación en los mundos virtuales consigue crear una experiencia de presencia única y distinta con los otros, que se caracteriza por el hecho de estar física y psicológicamente presente en un mundo que no existe de manera tangible. Participar de estos mundos virtuales  resulta tremendamente atractivo cuando la persona percibe que se pueden esconder los aspectos más vulnerables de su ser, sus inseguridades y sus miedos; las personas se enganchan a este tipo de interacción social en Internet movidos por un profundo deseo de conseguir placer inmediato. Esta finalidad utilitarista podría buscar satisfacer las necesidades que no son  posible satisfacer en la vida real. Facilitan una especie de extensión de uno mismo, es decir, la persona es capaz de vivenciar un entorno que va más allá de la vida real que, en ningún caso se puede igualar al hecho de interactuar directamente con los demás; el contacto físico y real es necesario e insustituible. Cuando navegamos por Internet, no es extraño darse cuenta de un fenómeno muy llamativo: existe una tendencia a realizar conductas y comportamientos que no se harían en la vida real. En este fenómeno de desinhibición online as personas entienden que  todo lo que se diga o haga en la red no puede ser vinculado con su vida real, por lo que acaban potenciando y diferenciando esos comportamientos de su “yo real”.
 
 
MILLONES DE AMIGOS
 
Otro dato  interesante reside en la importancia que se le da, ya no sólo a los contactos de los que forman parte sus redes sociales, sino el número de los mismos. La red se desvela como una herramienta más, con la que los jóvenes prácticamente nacen bajo el brazo, y desarrollan sus múltiples potencialidades de la misma manera y con la misma fluidez con la que aprenden a caminar, a montar en bicicleta e, incluso, hablar. En cierta manera es como si el nivel de actividad en redes sociales confirmara que existen y, si no actualizan diariamente la información,  tienen la  sensación  de que sus contactos no se percatarán de su presencia quedando en una especie de limbo. Las redes sociales sirven al propósito de reducir las limitaciones comunicativas y se acaban desarrollando relaciones aparentemente cercanas con gente que no lo es; una impresión subjetiva. Los vínculos que se establecen online  son más débiles que los que se pueden establecer  con el contacto directo, pero la importancia que le dan los millennials  a aparentar que poseen muchas  amistades les lleva  a creer de  manera progresiva que éstas tienen cierto grado de realidad. Cabe preguntarse dónde quedan dimensiones tan importantes como el sentimiento de pertenencia que se desarrolla con el contacto directo, la intimidad compartida y el cariño que hace la relación personal. 
 
¿Las generaciones venideras están abocadas a desconocer el sentido puro de estos sentimientos o van a poder desarrollarlos de una manera que a los ajenos a estas generaciones se les escapa? No se puede saber a ciencia cierta.
 
Fotografía: las imágenes del reportaje corresponden a la colección Nomofobia de Alberto Cob para Transeurope PhotoEspaña 2018.