Rubén Martín de Lucas

N
os recibe en su estudio, con una sonrisa y con la sensación en el aire de dejar fluir las cosas. Un vistazo rápido alrededor mientras prepara café: dibujos de sus dos hijos, notas y reflexiones en las libretas Moleskine en donde nacen sus proyectos, una preciada colección de vinilos (Led Zeppelin, James Brown, Cinemática Orquesta…), obra embalada lista para enviar a una galería en Gijón, la bicicleta en la que se mueve por Madrid, alguna pieza del jardín de Fukuoka…

Deslocalización y antropocentrismo son algunos de los conceptos investigados por un artista que iba para ingeniero o un ingeniero que devino en artista. Desde que Rubén Martín de Lucas (Madrid, 1977) se licenció como Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos por la Universidad Politécnica de Madrid, conceptos relacionados con el territorio, el urbanismo, la sostenibilidad y el medio ambiente vienen vertebrando su obra.

El recorrido artístico de Rubén Martín de Lucas comienza en 2003 tras un viaje de varios meses a la india, destino transformador para tantos músicos, literatos y artistas visuales durante diferentes épocas, a menudo por el contraste de riqueza, pobreza y espiritualidad, siempre desde posiciones tan extremas. A su regreso abandona el ejercicio de su carrera como ingeniero para dedicarse al arte, que arranca con los grandes murales e intervenciones urbanas con el colectivo Boa Mistura, del que fue fundador, impulsando la idea de cultura como forma de entender el mundo y herramienta que pone en valor unos principios sociales, de responsabilidad y medioambientales útiles para la sociedad en su conjunto.

Precisamente en el momento en que las imágenes de Boa Mistura se hacen reconocibles en ciudades de Europa, África y América y sus pinturas adquieren enorme interés comercial, Rubén Martín de Lucas, fiel a su filosofía de vida, se baja de esa espiral de éxito para ver crecer a los dos hijos que tuvo con Ana, su primera novia y actual esposa… No echa de menos ni reniega de esa etapa (“ahora todo aquello queda muy lejos, duermo menos y sueño más”), pero vive en el presente y desde 2015 sigue trabajando en solitario, para desarrollar un arte visual propio y multidisciplinar con piezas más conceptuales que reivindican nuestra relación con el paisaje y el territorio.

Fotografías intervenidas, acciones casi performáticas, instalaciones visuales y un proceso de investigación profundo que explora formas de visualizar las ideas desde perspectivas nuevas, para poner de manifiesto la antropización del territorio y la progresiva reducción de espacio para la vida salvaje, la naturaleza artificial de las fronteras y la incapacidad del hombre para vivir sin ellas, o el ansia de apropiación de la raza humana y la violencia generada por la idea errónea de que un trozo de tierra puede pertenecernos.

Una reflexión en clave visual sobre el impacto de la actividad y la multiplicación de una especie la nuestra en un territorio que es finito y no nos pertenece: la Tierra.

– Vivimos un momento feliz para el arte, cada vez consumimos más arte.
Bajo la etiqueta de arte en general hay mucho entretenimiento, mucho ruido. No deja espacio para el silencio, para el pensamiento. Hoy en día con algo de tiempo, técnica y dinero cualquiera puede cualquiera puede hacer una buena fotografía. Pero mirarse al espejo para ver quiénes somos es algo complejo, como lo es el arte contemporáneo. Se requiere una participación más activa por parte del espectador. En realidad entiendo el arte como algo que excede la obra, que es el resultado de un proceso, de una actitud hacia la vida.

– ¿Es posible un arte descomprometido de los problemas de su tiempo?
La participación es fundamental. El arte debe mover al ejercicio de la responsabilidad y el compromiso social llamando la atención cotidiana sobre el escenario de los acontecimientos.

– Recientemente estás explorando también la fuerza del texto, incluso editando alguna publicación en la que acompañas a tus imágenes de reflexiones personales:
Todos los lenguajes tienen un poder. Y es cierto que la imagen es más inmediata de entender y algunas se quedan grabadas para siempre, pero en un momento en el que la gente está sobresaturada de imágenes, la palabra tiene más nivel de compromiso, puede llegar más lejos y permanecer de modo diferente. Por eso me interesa trabajar el discurso, dar a conocer el proceso que hay detrás de cada obra. Ese es el potencial del mensaje.

– Has tensionado y experimentado con el concepto de frontera para cuestionar nuestra manera de vivir.
Porque hay un paralelismo con la manera de vivir, esa idea absurda de querer controlar todo. Realmente hay que dar un paso adelante hacia la dilución de fronteras, tomar conciencia de que las fronteras son líneas administrativas, no muros imaginarios.

– Tu statement habla de tu interés en las relaciones entre las personas y el territorio de un planeta, la Tierra, que nos trasciende en la edad y sobre el que tenemos un extraño, e intenso, sentimiento de propiedad.
Todos mis trabajos hablan de nuestras relaciones con el paisaje, entendido en sentido amplio, con cuestiones sobre la propiedad de la tierra y el impacto de la actividad humana.

– ¿Dónde está la felicidad?
Mi felicidad está fundamentada en la familia y en lograr dejar unos hijos mejores para el mundo, no al revés. El mundo en el que vivimos es maravilloso. No se puede vivir fuera del sistema porque ya no hay fuera ni dentro, pero nos queda ser sinceros. Aceptar que no está enfermo el mundo sino nosotros.

– ¿Cuál es la enfermedad?
La política de colonias, la idea de la condición superior de la civilización del hombre blanco, la depredación hacia otras culturas, la expoliación del planeta, la pérdida de los espacios de reflexión, la hipocresía congénita…

– Y sin embargo algo habremos progresado en estos últimos siglos.
Avanzar es un progreso personal, no el uso de herramientas más sofisticadas.

En su serie Repúblicas Mínimas, enmarcada en el proyecto Stupid Borders, a partir de intervenciones en diferentes lugares establece superficies de 100 metros cuadrados que son delimitadas por una línea fronteriza y habitados por una persona durante 24 horas, poniendo el foco el lo absurdo que resulta reclamar la apropiación y propiedad de una porción de la superficie del planeta: “reclamar la propiedad de unos metros cuadrados en nuestro planeta no es menos absurdo que hacerlo sobre la Luna. De todos modos, en términos históricos y de historia del universo nuestra existencia resulta irrelevante, nosotros y nuestras fronteras”.

Una serie de “microestados” efímeros conformados, por ejemplo, mediante un círculo de yeso en una tierra en barbecho, un triángulo de maderas ensambladas que flota en un embalse habitado con ayuda de una balsa de salvamento marino, un cuadrado en un parking delimitado con conos de tráfico, o un país solado de moqueta azul en cuyo centro se alza una torre de alpacas de paja. Estados ridículos, absurdos, que el artista hace suyos habitándolos durante un día. La documentación de estas acciones, en forma de fotografías aéreas y vídeos cenitales, deviene en un conjunto de obras tan sencillas en lo estético como incisivas en lo conceptual. Unos gestos poéticos, dotados de una mordiente ironía, que nos invitan a reflexionar sobre la naturaleza artificial y efímera de toda frontera.

En Iceberg Nations, junto con el expedicionario Hilo Moreno y el realizador Fernando Martín Borlán, ha viajado a Groenlandia y documentado, en síntesis, el abordaje y colonización e icebergs que son reclamados como nación propia tras plantar una bandera. Una ficción no muy alejada del reparto del África negra en el siglo XXI por las potencias europeas, embarcadas con desenfreno en plantar su bandera en el mayor número de territorios posible. Nos hace reflexionar sobre los conceptos de país y nación, poniendo en evidencia lo abstracto, efímero y falto de sustancia de tales conceptos políticos. Tal y como denuncia Rubén Martín de Lucas, ““Ninguna nación existe de manera física, es decir como un ente objetivo. Su naturaleza, líquida e intangible, se sostiene como construcción mental presente únicamente en el imaginario colectivo. Toda guerra, toda violencia de estado y toda forma de gobierno se apoyan en este concepto. Sin embargo toda nación, al igual que un témpano de hielo flotando sobre el mar, está condenada a diluirse”, y añade “el problema es que las guerras, la violencia y el sufrimiento que se construyen sobre la base de esos conceptos abstractos sí que son reales. Vivimos en un planeta lleno de líneas imaginarias que determinan la vida y la muerte de millones de personas. Tenemos que cambiar el modo en que habitamos la Tierra”.

Anterior es el proyecto de los jardines del Jardín de Fukuoka, colorido y pictórico, en el que ya confrontaba dos maneras opuestas de entender la agricultura y la vida, mediante la representación figurativa de desiertos agrícolas de monocultivo, en contraste con los vergeles de naturaleza pictórica en los que la naturaleza se expresa de manera espontánea y natural. El relato que subyace habla del concepto del Su Wei, que significa el fluir y la no intervención, aplicado por el filósofo y agricultor japonés Masanobu Fukuoka para crear la agricultura natural, en la que el propio ecosistema natural trabaja sin interacciones agresivas humanas.

Puedes conocer más sobre el trabajo de Rubén Martín de Lucas siguiendo su cuenta de Instagram o visitando su web. Texto: Jota Vaquerizo. Fotografía: retratos de la entrevista por Adrián Cano; obra en portada (Iceberg Nations) y en artículo (Repúblicas Minimas) de Rubén Martín de Lucas.